sábado, 29 de octubre de 2011

Nuevo ataque de terroristas occidentales


El 20 de octubre, tras más de medio año de devastación y agresión militar imperialista, enmascarada en occidente con propaganda bélica de todo tipo, la OTAN atacó un convoy en el que marchaban Muamar el Gadafi, Abu-Bakr Yunis Jabr (ministro de defensa de la Jamahiriya) y Mutassim al-Gadafi entre otros. Después, comandos mercenarios occidentales junto con sus aliados, los llamados “rebeldes libios”, atacaron el convoy para asesinar a los líderes libios y a sus defensores supervivientes (en repliegue y aturdidos). Paralelamente fue asesinado en su casa el líder de la tribu Warfala (la más grande del país) Sheikh Ali al-Ahwal, un anciano de 80 años.

El imperialismo, ha promovido y participado en golpes de Estado, asesinatos e intentos de asesinato de quienes se oponían a sus intereses centenares de veces a lo largo de su sangrienta historia. Pero nunca antes, ante los ojos del mundo se ha consumado el linchamiento y asesinato de un Jefe de Estado ejecutado directamente por el imperialismo euro-estadounidense, apoyado por sicarios locales y aplaudido por los grandes medios de comunicación, por no hablar de su sádica exposición durante días en la cámara frigorífica de un mercado público. Es una escalada sin precedentes en el quebrantamiento del Derecho Internacional - que debería ser eliminado, por obsoleto, de los planes de estudio - y de las más antiguas leyes de la guerra.

El penúltimo episodio de la subordinación de la ONU a la OTAN ha sido el patético destino de la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad que autorizaba a esta última a intervenir exclusivamente para imponer una “zona de exclusión aérea”. La justificación era impedir bombardeos sobre la población civil que nunca se documentaron. La realidad han sido 7 meses de agresión y bombardeo imperialista contra el pueblo libio, que pasarán a la historia, al igual que las agresiones contra Iraq o Afganistán, como una nueva guerra colonial promovida por el capital monopolista en su pugna por el control de los recursos energéticos del planeta y el (re)establecimiento de sus hegemonías geoestratégicas.

Detrás de la devastación de Libia y el asesinato de Gadafi hay que identificar también el objetivo de desestructurar las voluntades antiimperialistas en África(particularmente la de la Unión Africana) que, aún atravesadas por importantes contradicciones, construían alianzas capaces de nutrir una “segunda independencia”. La negativa de todos los países africanos a que EE.UU. instalara en alguno de ellos su Comando Africano (AFRICOM) y que le ha hecho arrostrar la vergüenza de que su sede esté instalada en Stuttgart (Alemania), ha tenido mucho que ver con el liderazgo libio en la zona, sin olvidar la intención por parte de Gadafi de crear una nueva divisa independiente del dólar y el euro (el dinar oro) o sus posicionamientos en favor de una integración económica de los países africanos.

Ciertamente, la agresión contra Libia se constituye por ello en un eslabón más de la agresión contra todo lo que suponga anticolonialismo histórico y responde a la misma pretensión del sistema capitalista e imperialista mundial de recuperar el terreno perdido en la confrontación con el Movimiento Anticolonial desarrollado en el siglo XX e impulsado por la existencia de un campo socialista fuerte. Así lo han visto desde el principio Venezuela y Cuba, y, en general, todos los países que pretenden un desarrollo independiente de los dictados imperiales.


Libia, un eslabón más en la estrategia neocolonial en Oriente Medio.

Desde 1991, fecha del primer ataque militar a Iraq y sobre todo desde su invasión en 2003, existen datos fehacientes de la existencia de una estrategia imperialista en la región por parte del Imperialismo estadounidense y con la colaboración de la Unión Europea e Israel, conocida como “reordenación del Gran Oriente Medio”. Esta estrategia diseñada por los “neocons” estadounidenses responde fundamentalmente a la necesidad de consolidar la hegemonía imperial yanqui, amenazada incluso por la exacerbación de las contradicciones interimperialistas occidentales tras la Guerra Fría; para ello, si es preciso, sumiendo a las relaciones internacionales en una desestabilización permanente. Basta con recordar las declaraciones del general Wesley Clark no muchos años atrás.

Dicha intervención integral económica, social, cultural y militar conlleva una implicación creciente de la OTAN, de la que son buena muestra, tanto su impresionante despliegue en el Mediterráneo Oriental y en el Golfo Pérsico, como las maniobras conjuntas entre la Alianza Atlántica, las petromonarquías feudales del Golfo (y otros estados títeres árabes) e Israel.

Iraq, Afganistán, Libia, Siria e Irán – pasando por la desestabilización de Líbano – son eslabones de un mismo plan de control y dominación de la zona. La búsqueda de la correlación de fuerzas más favorable a esos planes pasa por una estrecha red de sobornos y corrupciones capaz de facilitar “pacíficamente” los cambios necesarios o por intervenciones militares - asesinato de dirigentes incluido – cuando sea necesario, como se ha visto.

Los pilares locales de la estrategia de los imperialismos de EE.UU. y la UE en la zona son Israel y Arabia Saudí – tras la desestabilización de Egipto - y el próximo objetivo es romper el eje Hizbulá – Siria – Irán. El punto de mira apunta a Siria en primer lugar, país clave para la resistencia antiimperialista árabe, especialmente para la palestina, y que mantiene estrechas relaciones con la organización libanesa y con Irán.

La Liga Árabe, hegemonizada por Arabia Saudí (único país del mundo que tiene el nombre de una dinastía monárquica que considera que el país y sus habitantes son su patrimonio familiar) y que ya avaló la Resolución de la ONU y el ataque de la OTAN a Libia, señala ahora a Siria exigiéndole democracia y respeto a los derechos humanos, mientras Bahrein es ocupado militarmente por Arabia Saudí para masacrar a la oposición o el mismo reino saudita, paradigma de toda la represión y todas las corrupciones.

Mientras la calle árabe incorpora la causa palestina a lugares estelares de su agenda política, sobre todo en Egipto, la Liga Árabe intenta promocionar un nuevo “proceso de paz” entre la Autoridad Nacional Palestina e Israel “sin condiciones previas”, es decir, sin exigir siquiera la paralización de los asentamientos sionistas. El objetivo evidente es neutralizar Palestina con el enésimo anzuelo de un “proceso de paz” que, como siempre, será una nueva derrota, mientras se intenta aniquilar a su más poderoso aliado árabe.

La participación criminal del Estado español en la masacre libia y nuestras responsabilidades antiimperialistas

La participación criminal del Estado español en los ataques de la OTAN a Libia no tiene más explicación que la patética búsqueda de algunas migajas de las ingentes riquezas naturales del país árabe que, como hacen las mafias, serán repartidas en función los recursos invertidos.

Este hecho es especialmente infame en momentos en que se conoce el altísimo grado de endeudamiento del Ministerio de Defensa por la compra del armamento más sofisticado (más de 30.000 millones de euros) que no hará más que aumentar con la instalación del “escudo antimisiles” en la Base de Rota y del Centro de Operaciones Aéreas Combinadas en Torrejón, mientras se producen brutales recortes en gastos sociales.

La denuncia permanente de la escalada de los gastos militares, la lucha contra el escudo antimisiles, por la salida de la OTAN y el desmantelamiento de las bases es más prioritaria que nunca frente a unos imperialismos que siempre están de acuerdo en arrasar pueblos para robarles sus recursos y en que la clase obrera de sus propios países pague sus gastos de guerra.

En general, habrá que tener presente que la lucha antiimperialista que nos incumbe, hay que entenderla desde la responsabilidad principal de estar en las metrópolis de los países en primer lugar causantes de los propios límites a los que se enfrentan de siempre los movimientos de liberación de la periferia del sistema. Esto implica que la lucha contra la guerra social que está llevando a cabo el sistema capitalista agonizante en su centro mismo ha de ser complementada con la articulación de un potente movimiento antiimperialista que dificulte la situación de guerra permanente promovida por “nuestros” Estados imperialistas.



En este sentido, no es de recibo que se repita la pasividad militante occidental en la que se ha dado la agresión a Libia. Esta pasividad ha estado alimentada por falsos debates acerca de la pureza revolucionaria o antiimperialista de países que, por estar en la periferia del sistema, nunca podrán dejar de arrastrar los límites que ello conlleva. Aún más grave, mientras que en esos debates se ha manejado informaciones sin contrastar, utilizadas e inventadas por las agencias del enemigo imperialista para legitimar su agresión neocolonial, se ha estado despreciando informaciones sobre el estado real de la situación social en Libia que ayudan a hacerse una idea del indignante paso atrás en que se ha sumido a su martirizada población.

Estamos convencidos de que, aun con Gadafi muerto, la resistencia libia proseguirá, como prosiguen las resistencias en Afganistán, Iraq o Palestina. Desde Red Roja no podemos por menos que reivindicar el legítimo derecho a la resistencia armada de los pueblos contra el invasor imperialista y sus mercenarios.

Red Roja, 27 de octubre de 2011